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Los Soliloquios de Belén
de Giovanni Papini

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Giovanni Papini (1881-1956)
escritor italiano que en 1941 incorporó en su "Exposición Universal" los
llamados Soliloquios de Belén, una serie de nueve soliloquios, o monólogos, relacionados
con el Nacimiento de Jesús en Belén.
Lo interesante de esta obra es
la simpleza de los textos, así como la gracia con la que cada supuesto
narrador (hombre o animal) cuenta el Nacimiento desde su punto de vista.
Los
soliloquios
El
posadero

Aunque me hubiera quedado
una habitación libre, desde luego no se la hubiera dado a esa pareja. Gente
sospechosa. Han dicho que eran marido y mujer, pero yo no me chupo el dedo y
a mí no me la pegan.
El es demasiado viejo y ella demasiado joven. Y como está encinta… Tal vez
es el padre que la ha sacado de su pueblo para evitar el escándalo. Pero la
mía es una posada honrada, y aquí no quiero partos clandestinos.
Por otra parte, no me parece que la trate como a una hija. Ese vejete la
mira como si fuera una cosa santa y casi con reverencia. Acaso es un criado
de confianza que ha cargado con este bonito trabajo… De todas maneras, su
marido no es. Y ella, con ese aire inocente y casto como si no se
avergonzase de nada… Y debe de estar en los últimos días. Ya te digo yo que
las apariencias… ¡Fíate de las mujeres! Parece una virgen y está a punto de
ser madre. ¡Hay que ver! Y luego, como si no bastara, huelen a miseria desde
una legua. Y en mi casa no quiero pobres. Serían capaces de plantarse aquí
durante un mes, con la excusa de la parturienta, y al final de todo oírles
decir que no tienen bastante dinero para pagar la cuenta.
Si hubieran llegado con bonitos vestidos y con la bolsa llena acaso hubiera
podido encontrar un rinconcito para ellos. El mozo podía haber ido a dormir
a casa de sus hermanos durante algunas noches… Cuando el oro está de por
medio todo se arregla. Pero con éstos no hay nada que hacer. Ella lleva un
vestido cualquiera que yo me avergonzaría de dar a mi mujer, y él un manto
liso que debe tener más años que quien lo lleva. Además, habría el peligro
de que los gritos de ella y los lloros del niño molestaran a los otros
viajeros. ¡Buena cosa encontrarse la posada vacía por culpa de dos
vagabundos misteriosos! Aseguran que son galileos, pero el refrán dice que
de Galilea nunca puede venir nada bueno.
¡He hecho bien en sacármelos de encima!
Un agujero en cualquier sitio lo encontrarán seguro antes que sea de noche.
Arriba
El
dueño del establo

Ya he dicho que sí, pero
casi, casi me arrepiento… En la posada no los han querido, no tenían donde
caerse muertos… Son débiles: me he dejado conmover, especialmente por ella,
con esa cara humilde y sin embargo apasionada, con sus ojos de niña que ha
venido de un mundo más claro que el nuestro. Y parece que lleve un gran
secreto contra el pecho como otra llevaría un ramo de flores. Es tan
inocente, cándida, pura, que parece imposible que tenga que parir de un
momento a otro…
No he tenido valor para sacármela de encima, de noche, en ese estado: acaso
he obrado mal, pero ya no hay remedio. Se han sentado en el establo, en
silencio; como si esperasen sin palabras o esperasen un milagro.
También el viejo parece una persona de bien. Asiste a esa pobre mujer con
tantos miramientos como si ella fuese una reina y él un señor convertido en
esclavo. No entiendo nada. Van por el mundo solos, sin un criado, sin una
mujer que pueda ayudar a esta niña que está a punto de sufrir… ¿Por qué
habrán salido precisamente los últimos días del embarazo? Llevar a esa
pobrecita por los caminos, en este mes frío y en sus condiciones, no es
propio de un hombre juicioso.
Total, que no he tenido valor para dejarlos marchar desconsolados. El
establo es viejo y sucio, pero, por lo menos, tienen un poco de techo sobre
la cabeza y las bestias siempre dan un poco de calor. Aunque me haya
equivocado, lo he hecho con un buen fin: el Señor no me castigará. He
sentido como si una voz interior me empujara a albergar a esos dos pobres
extraviados. Y hasta el Libro ordena dar albergue a los peregrinos
abandonados. ¡Dios quiera que todo termine bien para ellos y para mi!
Arriba
El
pastor que se ha quedado atrás

¡Qué furia, mis
compañeros apenas han hablado con aquellos jóvenes desconocidos! Yo soy más
viejo, y no puedo correr como ellos, pero, en compensación, conozco el mundo
un poco mejor que ellos.
¿Quiénes serán aquellos luminosos? Aquí en el pueblo nunca los habíamos
visto. Deben de ser forasteros y de los forasteros hay que fiarse hasta un
cierto punto. Ponerlos a prueba, interrogarlos… No, señor, mis compañeros,
en seguida, a las primeras palabras, han levantado los brazos como alas y
han salido corriendo como el viento.
A decir verdad, aquellos hombres no parecían ni hombres como nosotros.
Tenían la cara y los vestidos iluminados, sin que pudiera entender de dónde
venía la luz. No se llevaban linternas, el fuego estaba apagado y luna no
hay. Y, sin embargo, parecía que tuvieran delante un fuego más que ardiente.
Podrían ser espíritus del Señor, pero también podrían ser fantasmas o, peor
todavía, demonios que ruedan de noche.
En cambio, estos cabreros se han quedado allí, con la boca abierta,
escuchando, y se lo han tragado todo en seguida. ¿Y que han sabido? Que allá
abajo, en aquella gruta, ha nacido un Rey. Pero, por lo que he aprendido en
los setenta años que hace que estoy en el mundo, los reyes nacen en los
palacios de las ciudades y no en las cuadras, en medio de las porquerías de
los animales.
Y parece ser que este Rey desciende nada menos que de David y es Hijo de
Dios. Pero nuestro Adonai, que yo sepa, no tiene hijos: es el Señor único,
creador del cielo y de la tierra y no hay otros dioses fuera de Él. En
cuanto a la familia de David, después de mil años y pico, mucho me temo que
no quede de ella en la tierra ni sombra. Y ésos corren, como locos
perseguidos, para ir a ver el milagro. Sin embargo, también yo quiero ir
allá abajo: nunca se sabe…
Arriba
Las
ovejas dejadas solas

Nos han despertado con
aquella luz que no era ni sol ni fuego, y después han salido corriendo. No
se sabe dónde, no se sabe por qué.
¡Si lo supiera el amo!
¿Por qué abandonarnos, precisamente en esta hora, en esta oscuridad? ¡Si
todavía nos hubieran dejado solas durante el día, menos mal! Hubiéramos
podido entrar, por lo menos, en aquel campo de trigo de allá abajo y
hacernos pasar las ganas. Durante el día, pobres de nosotras, si nos
acercamos por allí, nos arrojan con gritos y a bastonazos. Y es preciso
contentarse con la con la hierba rala que, con el frío, se esconde entre las
piedras, y a veces nos pincha los labios. Ahora, aunque los guardianes hayan
huido, no podemos salir del cercado y no hay ninguna esperanza de pastos
prohibidos.
Es preciso quedarnos aquí temblando, un poco de frío y un poco de miedo. Se
preocupan de nosotras cuando hace sol y nadie se acerca, y ahora que el
mundo es todo negro y hay tantos peligros, nuestros esbirros desaparecen.
Sin embargo, precisamente por la noche es cuando pueden venir los lobos, los
chacales y todos nuestros enemigos. Podríamos en un abrir y cerrar de ojos
encontrarnos degolladas por esas bestias de ojos rojos y sin misericordia. O
bien los ladrones pueden robarnos los hijos y venderlos quién sabe dónde. Y
todo por culpa de esos pastores enloquecidos que han salido corriendo por
hacer caso a aquellos jóvenes relucientes. ¡Bonita manera de hacer los
guardianes! ¡Nos apalean de día y nos dejan sin defensa por la noche!
Los hombres se dan aires de ser quién sabe qué y luego pierden la cabeza de
repente. Y nosotras, obedientes, buenas, calladas… ¡Y luego nos recompensan
así!
Ahora que estamos despiertas, sentimos el cuerpo medio vacío, que
rumorea-ayer hemos encontrado poco pasto-, ¿y quién consigue volver a
dormir?
Arriba
La
comadrona

¿Por qué han venido a llamarme, en mitad de la noche, si no tenían necesidad
de mí? EL viejo llega, llama a la puerta como si quisiera derribarla,
suplica, me hace salir de la cama caliente, y me cuenta que su mujer está a
punto de dar a luz y que no tiene a nadie para asistirla. Yo, ingenua, me
dejo persuadir, y le sigo. Creía que estaban en casa de parientes, o por lo
menos en la posada. En cambio, me lleva a un establo fuera del pueblo,
alejado, medio derrumbado. Se detiene y dice: es aquí. Yo no quería ni
entrar, porque no estoy acostumbrada a poner los pies en los establos. Todas
mis clientes son señoras, las mejores señoras de Belén. Y esta mujer que se
aloja en un establo debe ser una desgraciada, una huida, tal vez una
pecadora que se esconde.
A pesar de todo, me llené de valor y entré. Ahora ya había llegado hasta
allí y tal vez consiguiera un siclo, aunque el viejo no tuviera aspecto de
ser una persona de posibles. Pero cuando ya estoy dentro, ¿qué veo? A la
madre toda tranquila y plácida, sentada cerca del pesebre, como si nada
hubiese ocurrido. Y allí dentro, en el heno, un hermoso niño que me mira a
los ojos y que ilumina toda la habitación.
Y entonces, digo yo, ¿qué sorpresas son éstas? ¿Porqué me habéis arrancado
de casa, donde soñaba tan bien, si todo se ha terminado?
Ellos, el hombre y la mujer, se miran y no me contestan. Finalmente consigo
saber que aquella joven ha parido sin dolor, sin trabajo y sola, sin la
ayuda de nadie, mientras el viejo me buscaba. No he podido contener la rabia
y me he desahogado con los dos cuanto me ha parecido.
Pero la mujer estaba completamente encantada con el niño y el niño parecía
que me sonriera, como si quisiera calmarme. El viejo ha intentado ponerme en
la mano algunas monedas, pero yo no he querido nada y he salido de allí
dando un portazo.
Aquellas no son personas como las otras, y yo no quiero ni tocar su dinero.
Puedo equivocarme, pero ahí hay algo de brujería. Nunca se ha oído decir que
una mujer pariera de ese modo, sin dolores y sin socorro. ¡Y ese hijo que
mira a la gente como un hombre!
Y luego, ¡hacerme levantar a esta hora, con este viento helado, y para
llegar y encontrarme que todo está hecho! Mañana, apenas se haga de día,
quiero explicárselo todo al centurión. Dejaré de ser quien soy si mañana no
los echa de Belén, ¡vagabundos ignorantes!
Arriba
El ratón
en la pared

Eso ya está visto: esta
noche ayuno. Esperaba que se hiciera oscuro para salir de mi escondrijo y
buscarme la comida, cuando he empezado a llegar gente y se ha puesto a hacer
luz, a hablar y a moverse por todas partes. Hay una mujer con un niño, un
viejo que los acompaña, y además, los pastores de los alrededores. Son
hombres, por tanto, perseguidores de mi raza, y no hay que dejarse ver. Me
toca quedarme aquí, entre estas dos piedras removidas, espiando lo que
sucede.
Y siento que el hambre me debilita. Esperaba encontrar alguna migaja de pan
que se hubiera caído hoy al labrador y algunos granos de trigo que se
hubieran quedado entre la paja, como otras noches. Pero no hay solución.
Salir de aquí no me conviene. Los pastores han encendido fuego y se ve como
si fuera de día. En cuanto me descubrieran me aplastarían con sus zapatos
herrados.
No se sabe lo que están haciendo ahí dentro. Por la noche no suele haber más
que el buey y el asno, y de ellos no tengo miedo. Casi diría que somos
amigos, aunque sean mucho mayores que yo. Esos cabreros están ahí, alrededor
del pesebre, con los ojos abiertos, como si adoraran a ese niño que acaba de
nacer. Sólo Dios sabe qué habrá ocurrido para maravillarse tanto y hacer
tanta fiesta. A mí me parece un niño como los demás, y también los niños,
cuando pueden, se divierten torturando a mis hermanos. Yo, de verdad, no
tengo ningunas ganas de adorarle como lo hacen estos villanos. Tanto más,
que si sufro hambre es por su culpa. Si le dejaran solo, me gustaría
divertirme mordiéndole…
Arriba
El
buey

¿Quién habrá dado a ésos el derecho a invadir mi casa? Es la primera vez que
los veo. Esa joven no es la mujer del guardián, y ese viejo no es el boyero.
Y, sin embargo, están haciendo de dueños y hasta han ocupado el pesebre
destinado a mi heno. ¿Qué señorío es éste?
¿Qué habrán puesto dentro del pesebre?
¡Vaya! Ahora lo veo. Es un hijo de mujer, ¡un hombre apenas nacido! ¡Pero
que diferente es de todos los demás! En mi vida he visto una criatura
parecida. No llora, como hacen los niños, no duerme, no gime, no grita.
Tiene los ojos abiertos, grandes serenos como el cielo de abril. No parece
un niño de verdad, sino una aparición, un pequeño Dios que por equivocación
ha ido a para en medio de la hierba seca…
Nunca me había dado cuenta de lo oscuro y sucio que es este establo. Me
avergüenzo de no tener un sitio más bello, más digno de él. Descubro las
telas de araña que antes no había visto; las maderas carcomidas; las losas
del suelo todas húmedas, todas negras.
¿Cómo es posible que un ser tan milagroso haya escogido esta mugrienta
cabaña para venir al mundo?
De él emana un resplandor caliente, una luminiscencia amorosa que atraviesa
todas las cosas y hace bien al corazón. Los hombres no son así ni cuando
nacen Los hombres son duros, burdos, crueles, tristes…
Ahora sonríe y parece que quisiera hablar. Se ha cuenta de que le miro y
parece que me dé las gracias. No tiene miedo de mí. Casi diría que me quiere
y que me quisiera consolar. En ninguna mirada humana he descubierto nunca
una expresión igual.
Ya soy viejo y he trabajado durante tantos años que mis pobres huesos están
cansados. Pero por él haría gustoso cualquier cosa: llevar a cuestas una
montaña, arar todos los campos de Judea.
¿Qué podría hacer por él? ¿De qué manera demostrarle mi reconocimiento?
¿Calentarle con mi aliento? Pero ¿seré digno yo, animal de yugo, de
acercarme a ese cuerpecillo que reluce?
Arriba
El
gorrión en el tejado

No entiendo nada de lo que pasa. Luz arriba y luz abajo. Parece que se está
haciendo de día y, sin embargo, éste no es el calor del sol.
Me parece que hace poco que he regresado al nido y en esta época del año las
noches no terminan nunca. No puede ser la mañana. Aquí hay un misterio.
Abajo en el establo oigo voces; arriba en el cielo otras voces, no sé de
quién. ¿Será posible que los hombres se hayan puesto a volar como nosotros?
¡Sería nuestra ruina!
El hecho es que esta noche no es posible dormir en paz.
Y a mí, que mañana a primera hora tengo que levantar el vuelo para buscar
alguna semilla o algún residuo para no morirme de hambre, estas luces y
estas voces no me convienen nada.
Las otras noches estábamos tan en paz que era un encanto. En verdad que no
sé lo que tiene que buscar la gente a esta hora para fastidiar a un pobre
pájaro que durante el día tiene que afanarse para ganarse la vida. ¿Por qué
no duermen tranquilos, como hacía yo?
Parece imposible, pero esos brutos gigantes de dos piernas parecen creados
aposta para nuestro castigo. O nos hacen prisioneros, o nos matan, y, no
contentos con esto, me fastidian el sueño.
Arriba
El
asno

Dios ha querido que antes de morir viera cosas maravillosas. ¡Todas las
noches aquí dentro, en las tinieblas, cansado y triste, pensando en mi vida
desgraciada, sin otra compañía que un buey que rumia o un ratón que roe!
Ahora, en cambio, me parece estar en el corazón del mundo. Un esplendor que
palpita, un cántico que baja de los cielos, una mujer más bella que las
otras mujeres, un niño que roba el sosiego a quien le ve. Yo no soy un
sentimental, como mi blanco compañero, y tampoco un supersticioso, como mi
dueño. Y, sin embargo, no tendría ganas de arrodillarme como hacen estos
cabreros que han acudido aquí, corriendo, como si los hubiera convocado un
Dios.
También yo he rodado lo mío; una vez he estado en Damasco y seis veces en
Jerusalén. Pero no recuerdo un prodigio como éste, nunca me he sentido tan
feliz como esta noche.
Esa joven que inclina su rostro bellísimo y pálido sobre el fruto de su
sangre, casi me hace llorar por no sé qué nueva ternura. Y ese hombre
anciano que contempla a la mujer y al niño como si estuviera arrebatado a la
felicidad por un sueño. Y esos pastores que tienen la cara más enrojecida
por la alegría que por el reflejo de las llamas. Y esa criatura dulcísima
tendida en el pesebre, que contempla a todos como si quisiera atraerlos,
como si los quisiera consumir con su corazón.
Ese no es hijo de un hombre. He oído decir a los pastores que les fue
anunciado el nacimiento de un Dios. Cuanto más lo miro, más me parece
verdad. Los hombres no tienen esos ojos, no exhalan ese fulgor.
¡Y pensar que yo le he visto nacer, yo, pobre bestia de carga, despreciado
por todos! ¿Por qué misterio ha querido iniciar su vida aquí, en este
pesebre destartalado, destinado a nuestros morros hambrientos? ¿Por qué
arcana razón soy digno de ser espectador de un portento tan increíble: el
nacimiento de un Dios?
Soy el último de los animales de la tierra, soy un pobre saco de piel
llagada y de huesos molidos; pero no me eches, Niño; permíteme también a mí
amar a Aquel que un día quiso crear hasta a mí.
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